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Como cultivar buenas relaciones. Efesios 4:29.

Relaciones personalesPor Héctor Cruz20, May 2026
Como cultivar buenas relaciones.   Efesios 4:29.

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Como cultivar buenas relaciones.

Efesios 4:29.

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”

1 Corintios 15:33

“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.” Las malas conversaciones terminan corrompiendo nuestras relaciones. ¿Cómo podríamos evitar que nuestras relaciones se descompongan? Acá nos da la clave.

Dice en Colosenses 4:6: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” Una palabra sazonada con sal

Antes de la invención de la refrigeración, la sal era utilizada para evitar que los alimentos se corrompieran. Algunos alimentos, como la carne, se cubrían con sal para evitar su descomposición. Nuestras palabras con gracia y sazonadas con sal ayudan a mantener y mejorar nuestras relaciones. Y digo que van a mejorar nuestras relaciones porque la sal le da sabor a la comida. Imagínate una comida sin sal. ¿Quién la quiere?

Cristo va más allá y nos dice: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt. 5:13), nosotros mismos somos la sal.

Una palabra con “sal”, sazonada, es una palabra que le da el punto de sabor a la conversación. Mantener una conversación sería como si estuviéramos cocinando y detallando el sabor final para que sea bueno.

Palabras sabias: la conversación va por buen camino. Palabras sin pensar: la conversación comienza a descomponerse, y ahí hay que ponerle el punto de sal.

¿Usted cree que este mundo nos enseñó a sazonar nuestras palabras, a ser amables y bien hablados? Los chismes y las palabras descompuestas no aportan nada y terminan deteriorando nuestras relaciones. Una palabra malintencionada puede destruir una amistad, enfriar un matrimonio, dividir familias. La Biblia dice en Proverbios 16:28: “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.”

Un chisme puede entrar como algo “pequeño”, pero termina sembrando desconfianza y pleitos difíciles de sanar. “Las palabras del chismoso son como bocados suaves…” — Proverbios 18:8. Cuando escuchemos un chisme, ahí hay una oportunidad para sazonar la conversación.

La semana pasada hablamos de que a veces es mejor mantener el silencio cuando no hay nada bueno que decir. Eso es bíblico. Pero no es que me voy a quedar callado sin decir nada cuando veo que se están usando palabras soeces, hirientes o de doble sentido.

Tenemos la responsabilidad de sazonar las conversaciones con una palabra de gracia cuando vemos ambientes descompuestos; introducir “la salsita” para que eso no avance más.

Nuestras conversaciones son un indicativo de nuestra condición espiritual. Estas revelan si estamos tomando “lechita” o si estamos comiendo carne en terminos espirituales.

Cuando abrimos la boca podríamos desencadenar una gran bendición o un gran fuego arrasador y acabar con todo.

Del 1 al 10, ¿Cuánto dominio tienes sobre tu lengua?

Siendo 1: “No tengo conectado el cerebro con la lengua”,

Unas malas palabras dichas “al calor del momento” tienen consecuencias.

En el libro de Números 20:7-12, Moisés estaba frustrado con el pueblo y habló impulsivamente delante de todos. Dios le había dicho que hablara a la roca, pero terminó golpeándola y hablando con ira. Un momento de descontrol en sus palabras tuvo consecuencias.

Cualquiera que esté en un ambiente controlado, tranquilo y sin mucha presión pudiera estar hablando una palabra sazonada. Pero ¿Cómo hablamos en los momentos difíciles? Ahí es donde se demuestra la verdadera sabiduría al usar nuestras palabras. Cuando estamos frustrados, cansados o cuando no se cumplen nuestras expectativas, ¿Cómo reaccionamos?

Por ahí hay una historia acerca de cómo decir las cosas. Dice que un rey mandó llamar a dos personas para que le interpretaran un sueño.

El primero se presentó y le dijo de manera brusca: —“Rey, qué desgracia. Verás morir a toda tu familia.” A este lo mandaron a decapitar.

Entonces llegó el segundo intérprete y dijo: —“¡Larga vida al rey! Usted tendrá una larga vida y sobrevivirá a todos sus familiares.”

En la Biblia podemos ver uno de los ejemplos más claros de cómo unas palabras destruyeron una nación. Esto ocurrió con Roboam, el último rey de todo Israel (1 Reyes 12:13-14).

Cuando comenzó a gobernar, el pueblo pidió alivio de las cargas pesadas que había impuesto Salomón. Los ancianos le aconsejaron que respondiera con humildad y suavidad.

Pero Roboam escuchó a sus amigos jóvenes y respondió con dureza: “Mi dedo meñique es más grueso que los lomos de mi padre…” Básicamente dijo: “Si mi padre fue duro, yo seré peor.” Resultado: el reino se dividió, diez tribus se rebelaron y nació una crisis nacional que marcó la historia de Israel.

Tenemos que aplicar el modelo de Jesús al hablar

Jesús es el modelo perfecto de cómo hablar.

Jesús sabía:

cuándo hablar,

cuándo callar,

cuándo confrontar,

cuándo consolar.

Nunca habló impulsivamente.

Jesús utilizaba sus palabras para dar vida, restaurar, enseñar y acercar a las personas a Dios. Ese debe ser nuestro modelo. La Biblia en Juan 7:46 dice: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”. ¿Mis palabras reflejan el carácter de Cristo?

El modelo de Cristo nos enseña que dar dirección cuando hay una conexión con la persona produce el resultado correcto. Muchas veces queremos que la gente haga lo que nosotros les decimos, y pueden ser buenas y bíblicas tus palabras, pero si no hay una conexión con la persona van a caer en saco roto.

Querer dar dirección sin amor y sin tratar de comprender a la persona hace que la gente se ponga a la defensiva y tome distancia. “Tú qué me vienes a hablar; ni sabes dónde vivo, si ayer comí…” Las personas primero necesitan sentir que nos interesamos por ellas antes de aceptar nuestros consejos. Jesús primero tocó el corazón: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” — Juan 21:15.

Después de que Pedro negó a Jesús, el Señor pudo comenzar la conversación con un regaño: “¿Por qué me fallaste? ¿Por qué hiciste eso, Pedro?”

Pero primero hubo conexión de amor con Pedro; entonces le dio dirección: “Apacienta mis corderos.” Las personas suelen recibir mejor la dirección cuando se sienten apreciadas y valoradas. Dicen que a la gente no le interesa cuánto usted sabe hasta que sienten cuánto usted se interesa por ellas.

Conclusión: Debemos pedir la guía del Espíritu Santo para que nos ayude a:

pensar antes de hablar, escuchar más, hablar con gracia, y usar nuestras palabras para dar vida