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Efesios 5:2-5. La grandeza de amar primero.

Renovación de la mentePor Héctor Cruz14, Aug 2026
Efesios 5:2-5. La grandeza de amar primero.

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La grandeza de amar primero.

Efesios 5:2-5

[2] Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

[3] Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; [4] ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes acciones de gracias. [5] Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.

En el Antiguo Testamento, las ofrendas y sacrificios que se hacían subían como un olor grato a Dios cuando las personas llevaban la ofrenda requerida por Dios y se seguían los pasos que Dios había establecido.

Podemos recordar el caso de Caín, que presentó la ofrenda que le dio la gana. Génesis 4:3-5.

Caín representa al hombre que quiere presentar a Dios lo que le da la gana y presentarse como le da la gana. Este es el hombre que se inventó su Dios personal y que lo acepta como es. Esos son los que te dicen: “Yo no creo que yo sea tan malo”.

Podemos ver en Éxodo 29:18 un ejemplo de una ofrenda de olor grato.

[18] Y quemarás todo el carnero sobre el altar; es holocausto de olor grato para Jehová, es ofrenda quemada a Jehová.

Acá todos hemos experimentado el olor de la carne al fuego, un olor muy grato, si se siguen todos los pasos del proceso.

Sabemos que ya no hay más sacrificios de este tipo en esta dispensación.

En este tiempo, el sacrificio que demanda Dios es que presentemos nuestras vidas. Romanos 12:1-2. “Ruego por la misericordia de Dios”. Nuestras vidas son el sacrificio que debemos presentar para servir el propósito de Dios. Ese es el olor grato.

Cristo entregó su vida por nosotros; ahora nosotros presentamos nuestras vidas delante de Él. Él se entregó para salvarnos; nosotros nos presentamos para servirle.

Como creyentes, pudiéramos estar haciendo un gran sacrificio. Por ejemplo: vamos a llevar Biblias a los hermanos en las faldas del Cerro Tacarcuna. ¿Quiénes se anotarían?

¿Por qué lo harías? ¿Cuál sería tu motivación?

¿Qué es más importante: el sacrificio que estamos haciendo o el corazón con el que hacemos las cosas? La pregunta es: ¿por qué hacemos las cosas? ¿Cuál es la causa? (La motivación). ¿Para quién lo estamos haciendo? Y, no menos importante, ¿entiendo lo que estoy haciendo?

Tres hombres estaban haciendo prácticamente el mismo trabajo. Cuando les preguntaron qué hacían, uno respondió: “Estoy cargando bloques”. Otro dijo: “Estoy ganándome el sustento”. Pero el tercero respondió: “Estoy ayudando a construir una iglesia”. Solo uno entendía el porque real.

Hablamos la semana pasada del modelo de amor de Jesús. Dios ha establecido un modelo

Dios ha establecido un modelo a seguir en todo. Dios tiene sus profetas, el diablo tiene sus imitadores, el anticristo va a ser una imitación de Cristo, está el Espíritu Santo y están los espíritus engañadores.

Dios, en el Antiguo Pacto, demandaba sacrificios de animales específicos, y estos apuntaban al sacrificio perfecto de Cristo en la cruz.

En los sacrificios de los pueblos paganos, estos no estaban pensando en el perdón de pecados ni en reconciliarse con el prójimo, sino en obtener algún beneficio de sus dioses.

Ellos no estaban pensando: “Dios del sol, acabo de sacarle el corazón del pecho a Alguien. Te lo presento como una ofrenda y, saliendo de acá, voy a comenzar a amar al prójimo”.

Esos sacrificios genéricos o de imitación no estaban pensando en una pausa reflexiva para revisar sus vidas. Ellos buscaban, al menos, estas cosas: recibir algo a cambio o no recibir un mal. Esperaban recibir abundantes cosechas, victorias en la guerra para seguir teniendo prisioneros, para seguir sacándoles el corazón y así mantener a sus dioses tranquilos.

Esos sacrificios no estaban pensando en el prójimo. La relación con sus dioses era solo una transacción comercial. “Dios de los pies ágiles, aquí te presento estos zapatos. Bendícelos y concédeme que camine rápido hasta los 100 años”.

¿Eso te suena conocido? ¿Estamos presentando sacrificios para recibir algo a cambio?

Durante los sacrificios de nuestro Dios, Él buscaba en el hombre algo más profundo: un corazón arrepentido, humilde y dispuesto a obedecerle. Salmo 51:17 “El sacrificio de Dios es un espíritu quebrantado; a un corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”.

Dios siempre ha estado demandando la vida misma del hombre para que le honre.

Oseas 6:6 “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos”.

Efesios 5:3 Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos.

Éfeso era una gran ciudad y un centro religioso pagano. Allí, la inmoralidad sexual era promovida como una forma de vida. Allí se encontraba el templo de Artemisa. Su culto estaba relacionado con inmoralidad sexual, prostitución religiosa, fiestas paganas, idolatría, magia y ocultismo; todo en lo que Pablo estaba pensando cuando escribió la carta.

Ese era el diario vivir de los creyentes en Éfeso antes de su conversión.

Pablo nos está enseñando que estos comportamientos deben desaparecer de nuestras vidas.

“Como conviene a santos”. La santidad en la Biblia es un llamado a separarnos de este mundo. 2 Corintios 6:16-17. “Salid de en medio de ellos...”

Nuestra santificación fue llevada a cabo cuando recibimos el Espíritu Santo de Dios. 1 Corintios 6:11. La santidad que debemos procurar en la práctica no es un estado de blanqueamiento mental, donde no pienso nada, o un estado contemplativo de la naturaleza.

“Me voy solito para la montaña más alejada para no tener contacto con nadie y que no me venga nadie a molestar”. Y si alguien me viene a pedir consejos para la vida, le dan un consejo de alguien que nunca ha experimentado la realidad.

La paradoja de la vida del creyente es: sepárate de este mundo y no sigas su corriente, pero permanece en él para que seamos luminares en este mundo.

El modelo de santidad

Jesús era completamente santo y, al mismo tiempo, comía con publicanos y pecadores.

La santidad es palabra en acción. Dice el versículo: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo”. Amando al prójimo es que obedezco a Dios, y al aplicar ese mandamiento me convierto en un imitador de Dios. ¿Cómo pretendo vivir una vida santa mientras estoy dañando al prójimo?

¿Crees que los fariseos en tiempos de Jesús pensaban que estaban viviendo una vida de santidad? Sin lugar a duda. Su problema era que habían reducido la santidad al cumplimiento de ciertas normas y apariencias, mientras les importaba un bledo las personas.

Jesús los confrontó claramente en Mateo 23:23: diezmaban hasta lo más pequeño, pero habían dejado “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”.

¿Quién crees que estaba más cerca de la santidad: el fariseo que se justificaba a sí mismo o el pecador que estaba pidiéndole a Dios que fuera propicio a él?

“Amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo”. Eso es santidad en acción.

La Biblia llama a los creyentes a ser santos (1 Pedro 1:15-16) y a no participar en las obras de las tinieblas (Efesios 5:11).

Así que: fornicación, inmundicia, avaricia; ni se mencionen. Debemos alejarnos de eso.

Fornicación: todos acá sabemos de lo que está hablando. Pero la palabra griega para inmundicia es akatharsía, que está relacionada con pecados sexuales de cualquier clase: pensamientos sensuales, lujuria, pornografía, conversaciones sexuales vulgares, chistes obscenos, fantasías sexuales, adulterio, homosexualismo, prostitución, relaciones sexuales fuera del matrimonio, sensualidad provocativa. Cualquiera de estas prácticas no le agrada a Dios. Estas prácticas no caracterizan a quienes heredarán el reino.

Si algún creyente vive cómodamente en esos comportamientos y no tiene la intención de abandonarlos, ese es alguien que vio un bonito grupo en la iglesia, le caemos bien, le gusta la alabanza. Ese no es creyente.

Efesios 5:5. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.