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El poder de las palabras. Efesios 4:29

Sabiduría para la vida diariaPor Héctor Cruz13, May 2026
El poder de las palabras.  Efesios 4:29

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EFESIOS 4:29

El poder de las palabras.

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”

Nuestras palabras no solo afectan al que recibe el mensaje, sino también al que lo está emitiendo (nosotros mismos).

Alguien podría pensar que está lanzando su mensaje durísimo: “ahí te va y aguántatela”. Pero, al final, esas palabras también terminan afectándolo a él mismo.

Tenemos que pensar bien las palabras que decimos, porque, si no, después que hablamos nos vamos a quedar pensando por mucho tiempo: “¿Fui muy duro?”, “¿Fui muy suave?”, “No debí haber dicho eso”, “Hablé de más”, “Hablé de menos”, “Ese no era el momento oportuno”, “Quería defenderme y terminé empeorando todo”.

Seguramente usted ha vivido esto: lanzó su repertorio de palabras sin filtro, con cero dominio propio, al calor del momento, y después se queda horas pensando en cómo reparar el daño causado por lo que dijo. Por esa razón tenemos que pensar bien lo que vamos a decir.

“Las palabras de la boca del sabio son llenas de gracia; mas los labios del necio causan su propia ruina.”— Eclesiastés 10:12

Y también dice la escritura: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina.”— Proverbios 12:18

La Biblia nos dice dice: “Sed agradecidos”. Cuando vivimos agradecidos, el cerebro comienza a liberar químicos como la dopamina y la serotonina, y por ende mejora la salud.

Pero, si vivimos en un estado de frustración o somos malagradecidos, lo que libera nuestra mente son otros químicos que no producen ningún beneficio corporal, y podríamos terminar enfermándonos. Proverbios 17:22. Así que cuidar lo que pensamos y decimos también nos va a ayudar con nuestra salud y bienestar general.

Si tu mente y corazón están envenenados por las ofensas del pasado, no vas a poder vivir una vida de gozo y paz en el Señor.

Observa la reprimenda de Cristo a los fariseos: “¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”— Mateo 12:34-37

Jesús nos enseña que nuestras palabras son el reflejo de lo que hay dentro del corazón.

La pregunta es: ¿en qué te la pasas hablando todo el tiempo? ¿De tus calamidades? o ¿de tus bendiciones? Sería bueno que te escucharas...

La pregunta sigue siendo: ¿estamos usando nuestras palabras para dar vida o para destruir?

Somos afectados cuando hablamos, para bien o para mal; usted se está escuchando. Te quiero hacer una pregunta: ¿Cuál es la persona a la que más escuchas en tu día a día? Eres tú mismo. No es tu esposa, ni tu esposo, ni tus hijos: eres tú mismo. ¿Has visto a la gente hablando sola en voz alta?. Otros no hablan en voz alta, pero ahí están dialogando consigo mismos. Cuando estamos hablando con nosotros mismos, nuestra mente está escuchando esas palabras una y otra vez, y lo que hablemos frecuentemente, sea bueno o malo, nos va a afectar para bien o para mal. ¿Y qué es lo que te estás diciendo a cada rato? ¿Cuál es el patrón de tus palabras? ¿Cuál es el énfasis de lo que estás diciendo?

¿Dónde comienza el dominio de esa lengua? Cuando dominamos nuestros pensamientos.

El dominio propio del creyente comienza en la mente. En Filipenses 4:8 se nos da una instrucción para la santidad. Ahí comenzamos a controlar la lengua y nuestros comportamientos.

Muchas veces hay que quedarse callado y esperar el momento oportuno para hablar palabras sabias, pero fuimos enseñados para hablar, no para escuchar. Si no tenemos nada que decir que edifique, una buena manera de comenzar a mejorar es aprender a guardar silencio y escoger nuestras palabras antes de intervenir. El silencio también nos permite concentrarnos en lo que dice nuestro interlocutor y entender su estado de ánimo: si está preocupado, triste, etc. Seríamos buenos escuchando cuando tratamos de entender lo que no nos están diciendo por medio de palabras. ¿Usted ha llegado a ese nivel de escucha o solo está concentrado en empujar sus palabras?

Proverbios 13:3: “El que guarda su boca guarda su alma”. Y en Proverbios 17:28: “Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio”. Pero vivimos en una cultura donde parece existir una competencia para ver quién habla más, quién habla más alto y quién pretende saber más. Nadie quiere quedarse escuchando por mucho tiempo; todos opinan y abundan los pseudo sabios por todos lados.

¿Alguna vez usted se ha metido en una conversación pretendiendo saber de algo y, al final, se dio cuenta de que en realidad estaba perdido? Decía Abraham Lincoln:

“Mejor permanecer callado y parecer tonto, que hablar y despejar toda duda.”

Como creyentes debemos ser entendidos sobre cuándo hablar y cuándo callarnos. Eclesiastés 3:7.

Si somos entendidos y tenemos las palabras correctas, en el tiempo correcto y con la actitud correcta, vamos a poder influir sobre los demás, ya que nuestras palabras van a generar confianza.

En Josué 6:10 dice: “No gritaréis ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: gritad”. Durante seis días rodearon Jericó una vez por día en silencio, y en el séptimo día dieron siete vueltas y entonces gritaron.

¿Por qué crees que Dios dio la instrucción al pueblo de que se callaran la boca cuando rodeaban los muros de Jericó? Si uno solo hablaba, podía desanimar a todos. ¿Qué crees que hubieran comenzado a decir si se les hubiera permitido hablar? Alguien hubiera dicho: “Creo que estamos haciendo el ridículo”. Bastaba un comentario negativo para desanimar a todos. Usted se puede convertir en el campeón del desánimo, desanimando a todo el mundo. Silencio total fue la instrucción para evitar murmuraciones negativas.

Dice la Biblia: “No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.”

— 1 Corintios 15:33