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Marcos 10:17-27. El ídolo escondido.

Gratitud y gozoPor Héctor Cruz27, Jan 2026
Marcos 10:17-27. El ídolo escondido.

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Marcos 10:17–27

El ídolo escondido.

El joven rico llega corriendo, se arrodilla y hace una pregunta que no estaba en la mente de la mayoría de los religiosos de ese entonces:

“Maestro bueno, ¿Qué haré para heredar la vida eterna?”

Por alguna razón, Jesús no le mencionó los otros dos mandamientos que este joven no había cumplido. Así que cuando el joven hizo su autoevaluación mental: no he adulterado (cumplo), no he matado (cumplo), he honrado a mi padre y a mi madre (cumplo), no he hurtado (quizás se le olvido el pasado), no he defraudado (quizás se le olvido el pasado), no he dicho falso testimonio ( se le olvido su pasado).

Según su autoevaluación, él estaba cumpliendo con todos los requisitos de Dios para irse a la vida eterna.

Esto es lo que pasa cuando nos evaluamos a nosotros mismos: te ves perfecto, aunque sigas siendo un miserable pecador.

Según él, estaba cumpliendo con todo, pero Cristo vino a recordarnos que nadie podía cumplir la Ley de Moisés y que Él mismo era el cumplimiento de la ley.

“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).

Este joven se había auto diagnosticado como bueno. Él representa al hombre que confía en lo que él puede hacer para irse a la vida eterna. Cristo dijo: “Yo soy el camino”.

Pablo nos enseña en Filipenses 3:8–9: “No teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo…”

“Entonces Jesús, mirándole, le amó…” Antes de confrontarlo con la verdad, Jesús lo ama. ¿Tú has tratado de darle un consejo a alguien por quien no tienes ningún afecto? Al hijo de la vecina le sueltas sus tres verdades sin misericordia, pero ¿Cómo haces cuando se trata de tu hijo que amas?

Cristo le amó. Juan 4:10: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”

Jesús lo amó. El eslogan favorito de muchos que no quieren arrepentirse y huelen a azufre: “Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador”, y lo han utilizado para justificar su vida pecaminosa. Y piensan: “Dios me ama, así que no importa si sigo en mi vida de pecado”.

A la mujer que fue encontrada en el acto mismo de adulterio, Cristo no le dijo: “Te amo, sigue igual”. le dijo: “Ni yo te condeno; vete y no peques más” (Juan 8:11).

Con este joven, Cristo va a poner el dedo en la llaga, ahí donde duele, y le va a mostrar el tema crítico que el joven rico tiene que atender si quiere ir a la vida eterna. Jesús estaba mostrándole el gran ídolo que gobernaba su vida y cómo no cumplía con el mandamiento que dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3).

Jesús sabe que el amor al dinero lo tenía controlado. Ese era su gran ídolo. ¿En qué crees que el joven rico pensaba todo el día o la mayor parte del tiempo? Él estaba pensando en cómo acumular más riquezas. No estaba pensando: “Voy a ayudar a Héctor Cruz porque eso le agrada a Dios”.

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

La pregunta es: ¿en qué pasas pensando la mayor parte del tiempo?, ¿en tu trabajo?, ¿en tu novia?, ¿en el dinero que no tienes?, ¿en lo que te hicieron en el pasado?, ¿en tu carro?

La riqueza era ese dios que lo tenía dominado. Dicen por ahí que las riquezas son un buen siervo, pero un mal amo.

Mira hay algo o alguien que necesitamos soltar. Dios no quiere competencia; reclama el 100 % de tu corazón. “Hijo mío, dame tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Proverbios 23:26). O rendimos nuestros corazones o seguimos aferrados al dolor y la tristeza.

“Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.”

Jesús le dio un diagnóstico: no luces tan bien como crees… hueles a azufre. Pero también le dio la solución: esto se puede arreglar ahora mismo, si me sigues.

No era como cuando te decían: “Tu hijo chiquito está feo”; ahí te entristecías y no había nada que hacer. Aquí sí había algo que él podía hacer. Pero no quiso. Se entristeció… y siguió su camino. “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.”

Este joven se parece a las multitudes que van a las iglesias y desde el púlpito no se les dice nada que los aflija. No les dicen que hay que dejar de lado los ídolos. Jesús no predicó para agradar a nadie. Esta es la verdad y es la única solución posible.

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El joven se entristeció. Es como cuando se da un consejo bíblico y este no coincide con lo que se espera escuchar; la mayoría se va afligida por ahí mismo. O como cuando algunos van al culto y se está predicando algo que no concuerda con sus expectativas mundanas; no regresan más por acá o regresan más adelante a ver si coinciden con el mensaje de la gran bendición.

La tristeza del joven revela el conflicto de que hay algo que se tiene que cambiar, sí o sí. ¿Qué te entristecería soltar si Jesús te lo pidiera ahora mismo?

Una de las etapas en el proceso de cambio es el miedo: temor a perder lo que se tiene. Esto fue lo que experimentó el joven rico cuando le dijeron: “Deja todo”. Se le hizo un nudo en la garganta; estaba tragando grueso, como dicen por ahí.

“No queremos soltar”, porque se piensa que lo que tenemos es bueno y no se da espacio para que Dios nos dé lo que es bueno en gran manera.

Otra de las fases del cambio es decidir. Decidir que vas a cambiar. El joven decidió tomar su propio camino y rechazó a Jesús. Su historia pudo haber sido diferente, pero él tomó su decisión.

Tu historia puede ser diferente, pero tienes que soltar eso que te tiene atado. Tienes que dejar aquello que te mantiene atado y que no te deja avanzar. Tú sabes de qué estamos hablando.

No es malo tener riquezas; el problema es cuando las riquezas nos controlan.

El problema no es el dinero, sino la falsa seguridad que produce. El dinero crea una ilusión de autosuficiencia, y eso es lo opuesto a la fe.